democracia

Cataluña, punto de no retorno

España, Cataluña, ¡nos queremos!

Hoy es el día.

El "problema catalán" ha llegado a un punto de no retorno. Y ha sido hoy. La insoportable manipulación, ante la que la ciudadanía no estamos sabiendo reaccionar, nos aboca a todos al abismo a una velocidad vertiginosa.

La ausencia de una auténtica democracia es lo único que justifica la escandalosa ineptitud de nuestros representantes en todos y cada uno de los ámbitos.

Y sólo esto permite que su negligente gestión no vaya a pasarle factura a ninguno de ellos. Por lo que parece, nosotros, como sociedad, no estamos por la labor de reclamarles esa responsabilidad que nos deben. Ni, por supuesto, podemos esperar que los partidos o bandos políticos de los respectivos reconozcan sus errores o exijan rectificaciones. Mucho discurso y, a la hora de la verdad, ninguna altura política en beneficio de la ciudadanía. Tan sólo dislates, a cual mayor que el anterior.

Durante mucho tiempo, ambas partes han estado jugando a la provocación mutua. Lo único que buscaban lograr es aquello que (se supone) la sociedad estaba reclamando evitar.

Ahora, ambos han logrado lo que buscaban. Y ya no hay vuelta atrás. Seguramente ambos estarán muy satisfechos, pese a disimularlo con un pésimo teatro manipulador.

Las redes sociales no son responsables de asesinatos, miseria moral o falta de calidad democrática

Siento vergüenza, mucha vergüenza. Pero ajena. De unos y de otros, de todos en general.

A media tarde de ayer una mujer asesinó a Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León y del Partido Popular en esta provincia.

Horas más tarde tuve que cerrar Twitter. No soportaba seguir leyendo barbaridades a costa de un asesinato, muchas de ellas procedentes de gente muy joven. Me invadió la tristeza, la impotencia más absoluta.

Preferí refugiarme en el silencio y lamentar, con tremenda pesadumbre, el desolador panorama al que ha quedado reducido este país llamado España.

Como lo lamenté cuando algunos se alegraron por el accidente grave de Cristina Cifuentes, quien debería ofenderse menos y entender el porqué de tanta inquina contra ella. No, no es una cuestión política, sino moral.

Hoy me apena, nuevamente, descubrir que un nada despreciable grupo de personas, si es que merecen ser llamadas así, se siguen alegrando del asesinato de lo que para ellos es "una pepera". Y me cuesta trabajo creer que alguien haya compuesto una canción para celebrarlo, mientras varios insensatos se unen a la celebración y difunden el vídeo.

Afortunadamente, son una minoría. Están incurriendo en una apología violenta del delito de asesinato, y no me cabe ninguna duda de que el autor de ese despropósito será detenido. Por mucho menos se ha juzgado y detenido a otros jóvenes recientemente.

Adiós, Suárez. Adiós, Transición. Hola, Democracia.

Es obligado referirme a Adolfo Suárez en el día de su despedida.

Ese hombre sobre el que tantas barbaridades están vertiendo algunos estos días desde las redes sociales (y es que el desconocimiento es muy atrevido), y sobre el que también se están lanzando elogios seguramente gratuitos, asumiendo mitos de esta Democracia nuestra de cartón piedra con la que aún se pretende seguir decorando un vertedero putrefacto que se ha vuelto casi inhabitable.

Todos mis respetos por la figura de Suárez y su valentía en un período crítico para España, en aquella España más plural, en la que existían más posiciones que las izquierdas y las derechas. Pero quiero hacerlo prescidiendo de mitos y desde la distancia que imponen los muchos enigmas que se nos ocultan sobre un período histórico llamado Transición democrática. Y si aún se nos ocultan, será por algo.

Con Adolfo Suárez muere también la Transición iniciada por el régimen de 1978. Y se muere por agotamiento. Agoniza por falta de cuidados y por un maltrato intensivo de la Constitución.

Sin memoria, no somos nada.